Carta a Artemisa

No te llamaré ni querida, ni amada diosa, ni te reverenciaré, ni te ofreceré exvotos. Porque no necesitas nada de de eso de mí en tu independencia.

     Te sonreiré con mirada pícara y juntas miraremos los árboles y la luna llena una vez más. Reiremos y bailaremos juntas, desnudas, a la luz de la noche en un campo de lavanda. Contigo volveré a entrar en comunión con la madre Tierra y todas sus criaturas.

     Tu fuerza será mi fuerza para seguir, para no desviarme del camino otra vez. Y si lo vuelvo ha hacer que tu flecha certera guíe de nuevo mis pasos, esa flecha que va en la dirección que yo marco, pero que a veces no es certera en su trayectoria.

     Pero deja vivir a las otras Diosas. No necesitas resaltar por encima de las demás, tú no eres así, no eres competitiva. Esa claridad que me permite muchas veces ver el dolor que los demás esconden, tiene que vivir conmigo, para permitirme dar desde la risa, la alegría, la esperanza.

       No debo caer en la autosuficiencia, porque el ser humilde me permite bajar del escalón de la independencia y pedir ayuda y crear con algunas personas vínculos que han durado toda mi vida, pese al tiempo y la distancia. Y eso me conmueve y me hace sentir que hay esperanza para el género humano, para nuestro maltratado planeta azul.


Volver a testimonios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *