Carta a mi madre

Por tí la luz abriéndose paso entre las sombras, por tí la alquimia en mi ser, la transmutación de lo denso en leve, el plomo tornándose oro para descubrirme que existe otro lugar que no es prisión sino jardín. Pino, olivo, higuera, fragancia de azahar y de romero, agua clara, caricia del viento en la cara, oquedad en la antigua piedra donde puedo detenerme y descansar en silencio, acogida ahí como en tu seno.

Tú, bella mujer que amé tanto sin saberlo, añorada tantas veces en mi infancia; tú, desconocida de tí misma, despegada de la hermosura de tu alma. Madre, ahora que puedo verte, quiero que sepas que te-nos quiero.

El perdón y la gratitud vienen a mis días para enseñarme la confianza que conjura la magia de la vida, para recordarme tu legado de inocencia, sencillez y fuerza, para susurrarme que ha llegado el momento de desterrar el miedo, de atreverme a soñar y, gracias mater, materializar mis sueños.

Por tí, por tí y por mí y por todas las que vendrán ha llegado la hora de recuperar nuestro poderoso deseo, el que habita vibrante en algún lugar entre nuestro corazón y nuestro vientre, el tantas veces regalado al otro; la dignidad del merecer nos lo devuelve, ya no esperamos el reconocimiento ajeno. Podremos extraviarnos, pero ya no nos perdemos, dueñas ahora de nuestro destino.

Solidaridad de mujer que nos hermana, sangre de la misma sangre, juntas vamos sanando la herida, restañando el sufrimiento que nos quiebra y nos divide, juntando pedazos, limpiando memorias, recomponiendo el eslabón que vuelve a conectar la eterna cadena del dar y el recibir; dejándole espacio al amor, honrando al único que siempre fue, es y será.

Unidas para celebrar la armonía de todo cuanto existe, celebración de este enigmático y maravilloso misterio que mantiene en movimiento el ciclo de la creación-muerte-creación, de ese fuego sagrado que alimenta el pálpito de la vida, …para que tanto dolor no haya sido en vano.


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